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Poema del Padre Angel Joaquín Pasos En el 3er. Aniversario de su Vida. Permanente y Disperso Detrás de ti quedan ahora cosas des— Ya está aquí, con su muerte, todo vida —todo en toda la vida—. Lo he podido vivir con su muerte, lo he podido sufrir Conmigo vivo y sin dejar de amarlo muerto. Estos días He manejado su alma, entre mis manos la tuve Y la extendía delante de mí en montones, como Si fuera, en unos pensamientos en desorden, juntando, Para la eternidad, su cosecha del tiempo, Con la inmovilidad del beso fijo Con que eleva la vida sus espigas, Con que clava la muerte sus estrellas, Quedándose —las dos— atrás en pan on en luz para mirarnos. Ya está aquí detenido. La mano que él buscaba lo detuvo. Viajero infatigable que abría sus caminos al andar Por tierras, rios mar, y sobre todo por el aire, Sin salir de sí mismo, fuerte, joven No amado de los dioses, sino amado del Dios a Quien amaba, Ya está aquí detenido con su muerte. Vino a mí en tres motetes: Cosas dejadas, cosas dulces, desamparadas –despreocupadas– Con perfume del muerto y sin saber qué ha— cerse, acumularon Sus latidos de Vida más allá de la muerte. Allí —aquí— estaba él con todos sus latidos. Tomé su alma y la extendí en mi mesa —en todo el cuarto– Esparcida, Repartida por años –dorados haces lentos y rá– pidas bandadas– en sus días Cuando movía el viento las ventanas, Un anhelo de cielo en evasiones Se asomaba a mis dedos, junto a su corazó, pero Comprometía el orden y las alas plegadas se abrían y agitaban, los papeles huían y se quedaba el alma sola y toda. Bien abierta en la luz frente a mis ojos cerrados Y como un peso amable sobre mis manos extendidas. ¿Podré decirlo? Puedo: — Yo más que nadie lo viví, yo que a penas Crucé con él, en dos silencios largos, una carta, Dos envíos —Bodas del Carpintero— Y una mirada breve En la que siempre, desde entonces, mudos Nos seguimos hablando. No nos dijimos nada entonces —yo en el tren, su ventana, y él parado—. Todo lo que en palabras teníamos que hablar lo habíamos dejado Para ahora, para este gran silencio interrumpido sólo Por media hora de diálogo en el cielo Cuando el cielo se hace silencio media hora. Todos los ruidos de su vida –de la vida– Se recogen en este gran silencio en que, para decirlo todo, Tiene su voz la hora, tiene su voz la aurora —media hora en un despacho—más allá de la noche: Todas las cosas dicen el silencio en que crece. Hoy le he visto crecer y me ha acrecido. Me ha dicho todo, hasta aquello que no pudo decir nunca, porque era luz total y sólo, Descansando en la luz, se dice entero en un silencio Desde su sombra en vida –viviente oscuridad inundadora–, Ya todo es su palabra, ya todo, aun la no dicha, la quebrada por el viento, Lo quemado y lo lejos, todo tan cerca y dicho Por ese mismo viento, por el Viento unidor, que nos separa en vano cortando las palabras. Me ha hablado de la muerte con su vida, De la que dijo aquí cuando aún estaba y no era, De la que no entendía y ya se entiende tanto por lo que él dijo,   Me habló como aquí hablaba y todo tiene luz tan nueva, en la luz de su luz nueva. Decía él de la muerte — MAR DE TIERRA — (o soledad): — La muerte, amor del llanto, deseo inmortal de la vida. Donde el amor se desvía, como los ríos precoces, Donde todo se desborda y cae hacia dentro, Hacia un recuerdo —un olor de recuerdo — De lo que aún no vino, que siempre está llegando, siempre volviendo, en el irse viniendo, Hacia la avidez de la insaciable tierra enamorada, Hacia la flor de la muerte —una siempreviva—, Hacia el invernadero de heliotropos negros, Hacia el parque de estrellas dormidas, El árbol que cae en ramejas hacia su misma madera, El abismo que se hunde en el abismo, Y el calor de la muerte en la cama matrimonial de la muerte... Muerte, amor del Universo. Muerte, amor del muerto. La muerta, nuestra universal esposa. Ya para siempre vivo: cesó el Viento de romper las palabras. Se hicieron invisibles y como pájaros dormidos Las alas amarillas de los versos. Y sólo eran papeles las hojas, dulces cosas desamparadas —despreocupadas—, Pero siguió en su voz la vida de su muerte. Flotante soledad, isla de cielo o mar de tierra firme, Siguió su voz —La Muerte como en juego— Y yo le oía, como me estáis oyendo, desde dentro afuera: —Cuando todo el aire que me respira en un solo beso Y las lágrimas que no salen inundan la garganta Con un sabor de soledad y de naufragio —Flotante soledad o firme mar de tierra (la muerte) —, ¿Para qué todo este trastorno, para qué esta prisa en comenzar el juego? ¿Para qué ha de ser ahora esto que puede ser mañana o haber sido ayer? Hemos estado tanto tiempo asomados a las tricheras, Que florecimos allí como el moho sobre el filo de la espada. Somos la orquídea del acero, hicimos el bello jardín de la muerte cortada. De la muerte agujareada, de la muerte podada. ¿Para qué, pues, tanta bulla, pequeños hijos de la herida savia? Cualquier día podemos jugar al búcaro de las salas, al ramillete de parasitarias o a la co– rona fúnebre. Tenemos derecho a escoger nuestra muerte con agua o sin agua O en el aire–pájaros de aluminio– como las flores voladoras, Nuestra muerte, esperándola. (¿Qué más se puede decir antes de pasar al jardín botánico. Que no haya sido dicho anteriormente por la voz de las flores?) Porque sigue la voz, sigue la voz… Y aún llora hacia nosotros Gloriosamente hacia nosotros sola, desde su gloria, y gime En ella aquello que él, fundido con las cosas, lloró desde sus risas en pena... Gime en todas su risa inextinguible, funeral sin desesperación, angustia de esperanza. Y para mí que dice: Dulces seres montruosos, como el automóvil, Gimen por ti. Cosas homogéneas y hasta purificadas, como el carbón. Gimen por ti. Desde la primera piedra que tiró tu compañero de escuela, Hasta la última piedra que se arrojará contra tí, oh futura adúltera, Gimen por ti. Por tu larga pierna de quince años, Por esa luz que te envuelve y el aire que se aparta Y se agacha reverente ante la monarquía de la vida. Por ese hilo constante que atraviesa tus ojos Y tu lengua Y va hilando delante una felicidad casera Y la blanca paz del mantel de la mesa Y sobre la blanca mesa el encendido rojo del vino y el ardiente horno, El recado del pan, Poer ese blanco y carmín bordado de los ali— mentos con tu carne. Guerra y paz con tu espuma y con tu sangre, Y con el lino de las tres sábanas, de nacer, de soñar y de morir… Dulces seres monstruosos, como los tres reyes Magos. Gimen por ti Y el universo te extiende sus manos rebosantes de estrellas Y les exprime su llanto —mi llanto— sobre tu cuerpo —mi cuerpo— cerrado: —El Universo, al completarse con su vida en mi muerte Gime por ti… ¡Porque aún no me he muerto! Aquí acabó su voz: aquí empieza él, aquí está ya, soledad–flotante soledad— su mar sellado. Mar de tierra y en él su muerte en vida Con su vida en la muerte lo completa, Igual que al mundo, igual que la serena paz de las cosas en su canto de guerra. Este es el que iba a ser, El fiel a su destino, El que es lo que anhelaba: su pensamiento. La vida es como un juego: La muerte como un juego de la vida. La VIDA ES MUERTE —en su Juguete trágico Sólo porque la muerte con la vida entra en juego, cuando empieza la vida. Este el lo que anhelaba: Aunque nosotros sólo sepamos de él por esto que nos queda, Pero lo que viviendo más —menos de prisa— hubiera sido, Lo es ya, aquí está, y esto nos basta. En el mar en que está —su mar de tierra— Tengo su voz, aunque por tantos vientos rota, Dando a las olas sólidas luz ya a la tierra el cielo Que cabe en el espacio de agua inmóvil De unos ojos vaciados hacia adentro, como Mar de sí mismos, mar de luz en la luz de que han nacido. Así para mañana. Y para ahora Me queda entre las hojs de esta noche de otoño —de amarillos papeles— La aurora en primavera de sus alas, Cuando los mueve un viento que yo no sé –y bien sé– de dónde viene. Ya está aquí, como a sí mismo se ha hecho, haciéndonos a todos: La muerte, la escogida, la del último beso, La del definitivo matrimonio, Lo ha acabado de hacer para mañana En este hoy que es de siempre, Fijo en su luz de ser, alta en su estrella la luz que fue primero. Exacto cumplidor de su promesa, Fidelidad excelsa de su paso en el tiempo. Por la palabra fiel que nos ha dado, Ya está aquí, con su entrega en la palabra, Como allí, en Dios, eterno, Hijo definitivo del hijo, en la Palabra revelado. Es verdad: esa mano que ayer sostuvo el acero —o el oro— De una espada —una pluma— para siempre está abierta. Podrías ver como pasa el aire por sus dedos mondados, Si no estuviera hundida en su mar de tierra. Pero esta ausencia no es ausencia de hombre. Es ausencia de carne; el hombre está aquí cerca. Ni todo se quedó en el tiempo, ni todo se quemó allá lejos: Lo mejor, todo lo que debe quedar, queda: Es nuestro paso temporal anuncio –el signo en su palabra— Del eterno durar a que nos lleva. Para el alma —y el cuerpo reclamado— que es tan grande tan fuerte, Nada está lejos, nada se rompe, y su presencia Siempre igual, sobre el tiempo que se gasta, Se hace, en el Ser que la madura, eterna. (Toda la Creación en la que es ya –él sonríe– está completa. Y Dios está contento.... –Está completa.) Angel Martínez Baigorri Regresar a poemas |